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4 de Diciembre de 2012

Un país sin ejercito

Como todos los pueblos del mundo han tenido por enemigos a otros pueblos, siempre fue necesaria la presencia de fuerzas armadas para defenderse o para atacar. Y en épocas de conquistas, con mayor razón.

Cuando aparece la idea de la democracia en la época moderna, la inclinación de los teóricos fue hacia el gobierno civil. Sin embargo, la necesidad obligó a tener ejército en las repúblicas y monarquías parlamentarias. La realidad justificó la necesidad del ejército. Las dos guerras mundiales del siglo XX, y otras parciales, obligaron a la permanencia de los ejércitos en Europa. En América Latina, las constantes presiones y confrontaciones, sobre todo por desacuerdos fronterizos, también justificaron, en alguna medida, la permanencia institucional de los ejércitos.

Pero en América se dio el caso, casi como una realidad permanente, de los militares gobernando, provocando revoluciones o golpes de estado. América Central no fue una excepción, pero Costa Rica, individualmente, sí lo fue; por lo menos, en un largo trecho de su historia. Lo que se entiende por ejércitos profesionales, en Costa Rica no los hubo, aunque sí tuvimos ejércitos con aspiración al profesionalismo, sin haberlo logrado. Siempre hubo un abogado, un empresario o un agricultor, portando temporalmente charreteras. Pero la tendencia nacional era al gobierno civil, y así está marcado en las primeras constituciones.

Lo de ser una república de maestros, primero, y de abogados después, fue lo nuestro. Históricamente, nos inclinamos por la vigencia de la ley y no por la imposición de las espadas. Cuando estalló la revolución en 1948, todos sus dirigentes eran profesionales, empresarios, profesores y estudiantes.

La consecuencia fue que, al triunfar, nadie tenía interés de pertenecer, profesionalmente, a un ejército y Figueres, muy rápidamente, se quitó de encima su categoría de general, para quedarse cómodamente con su nombre popular de don Pepe, y así pasó a la historia. Don Pepe, un agricultor aficionado a los estudios, humanista por autoformación y civilista por convicción, nunca pensó que el ejército fuera su sostén político.. Su vocación solo necesitó el apoyo del pueblo. Y con el pueblo y para el pueblo gobernó siempre.

Por esta razón, cuando aun estaban calientes las armas triunfadoras, disolvió su pequeño ejército de revolucionarios intelectuales y pensó, de inmediato, en extender esa idea hacia el futuro de la patria, decretando la proscripción del ejército como una institución permanente.

Ahora se escuchan voces, pareceres, de que fueron otros los que tuvieron el mérito de haber logrado que se aprobara esa inclusión proscriptiva en la Constitución Política. En esto, como en muchas otras grandes conquistas de la humanidad, es difícil señalar a una persona como la que expuso por primera vez una idea que logró transformarse en institución después. Con lo del ejército, ha sucedido lo mismo. En 1948, como mil años atrás, como cinco mil, siempre hubo pensadores, filósofos, poetas, humanistas que desearon la abolición de los ejércitos y la imposición de la moral, los valores de la cultura y el gobierno de las leyes. El mérito de Figueres no es la originalidad sino la voluntad para lograrlo; el uso del gran poder que tenía para imponer un gran deseo histórico de la humanidad y levantar la bandera para siempre de la civilización, rechazando el militarismo como poder para gobernar. Don Pepe lo dijo y ha quedado como una sentencia política universal: “La democracia solo se puede lograr por la vía democrática”.

Al conmemorar un aniversario más de la abolición del ejército, pensemos serenamente en el bien que un gran estadista como Figueres logró para nuestra patria de manera permanente, al señalar el camino de la vía democrática, sin espadas ni uniformes militares, con la ley en la mano defendiendo derechos y conquistando libertades.

Manuel Obregón López
Ministro de Cultura y Juventud